“¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?” es una de esas preguntas que parecen diseñadas para que nadie gane. La gallina sale del huevo, pero el huevo lo pone una gallina. Bucle infinito, conversación bloqueada y alguien termina diciendo que “es una paradoja” con expresión de haber resuelto la física cuántica (y sin saber, realmente, lo que es una paradoja).
Solo hay un pequeño inconveniente: la pregunta sí tiene respuesta. Es el huevo.
Y punto.
El huevo ganó esta partida hace millones de años
Si necesitas una respuesta rápida para la próxima sobremesa, aquí va la versión cuñado premium: Tenemos huevos de dinosaurio fosilizados de hace unos 190 millones de años, gallinas de esa época: cero.
Y es que el huevo llevaba una trayectoria profesional bastante consolidada cuando la gallina todavía no estaba ni en fase de concepto. Un estudio publicado en Nature en 2025 identificó en Australia huellas atribuidas a amniotas procedentes de estratos de entre 358,9 y 354 millones de años.
Los amniotas son el gran grupo evolutivo al que pertenecemos mamíferos, reptiles y aves, y su historia está ligada a la aparición del amnios, una de las membranas que protege al embrión. La misma innovación que permitió, por primera vez, poner huevos fuera del agua. Ese es, literalmente, el invento del huevo tal como lo conocemos.
Esto no significa que hayamos encontrado una huevera de hace 359 millones de años: la evidencia son huellas de amniotas, no huevos fósiles. Pero sí coloca la historia evolutiva asociada al huevo amniótico muchísimo antes de los primeros dinosaurios inequívocos, que aparecen hace unos 230 millones de años.
Si tomamos el extremo más antiguo de esas huellas y lo comparamos con la referencia de los primeros dinosaurios inequívocos, salen casi 129 millones de años de ventaja. No fue una carrera especialmente ajustada.
Y no, no es una rareza. Nuestros propios antepasados, antes de ser mamíferos, ya ponían huevos. De hecho, hoy en día el ornitorrinco sigue haciéndolo. El huevo no solo es anterior a la gallina: es anterior a nosotros.
Ahora estrechemos el foco hasta el linaje que sí nos interesa hoy: el de las aves, y más en concreto, el de la gallina doméstica. Porque si el huevo llevaba tanto tiempo en el negocio, la gallina tuvo que salir, necesariamente, de un huevo puesto por algo que todavía no era gallina.
La "protogallina"
Protogallina no es una especie científica, sino una forma cómoda de imaginar una larguísima sucesión de animales cada vez más parecidos a las gallinas actuales. La evolución no instala un parche y cambia de especie de una generación a otra: las poblaciones acumulan cambios gradualmente.
Pero si dibujáramos una frontera arbitraria entre “todavía no gallina” y “ya gallina”, esa primera gallina habría salido necesariamente de un huevo puesto por un animal casi idéntico, es decir de una protogallina.
La genética moderna tampoco nos devuelve una gallina aparecida mágicamente. Un estudio basado en 863 genomas concluyó que las gallinas domésticas derivan principalmente de poblaciones del gallo rojo de la jungla Gallus gallus spadiceus.
Y queda un dato adicional bastante mejor que la propia paradoja: las gallinas son dinosaurios. Las aves evolucionaron dentro de los dinosaurios terópodos y constituyen la única rama de dinosaurios que sobrevivió a la extinción de hace unos 66 millones de años.
Por tanto, nuestra famosa pregunta enfrenta en realidad un sistema reproductivo antiquísimo contra un dinosaurio domesticado. Aunque dicho así pierde algo de épica.
Pero si sabemos la respuesta, ¿por qué seguimos preguntándolo?
Bienvenidos a la causalidad circular
Nadie que pregunta “¿qué fue primero, el huevo o la gallina?” quiere saber la verdadera respuesta. Y si alguien se atreviera a responder en mitad de una conversación a dicha pregunta, probablemente el resto lo miraría pensando: “¿desde cuándo se contesta a esto?”
Y es que hoy la usamos cuando dos fenómenos están relacionados y no sabemos muy bien hacia dónde apunta la flecha: A provoca B, pero B también puede provocar A.
La misma forma aparece en otros sitios. La pobreza puede limitar las oportunidades educativas y una menor educación puede limitar después los ingresos. Un marketplace necesita compradores para atraer vendedores, pero sin vendedores no hay nada que comprar. En economía, los mercados de dos lados llevan décadas estudiando precisamente ese problema de tener que conseguir que ambas partes aparezcan a la vez.
Y entonces aparece la gallina para ahorrarnos el trabajo siendo la expresión “esto es como el huevo y la gallina” una forma de decir: “no tengo claro dónde empieza el problema y tampoco pienso montar ahora un modelo causal”.
La pregunta que ya no pregunta nada
Nuestra fascinación por los círculos viene de lejos. Una de las representaciones antiguas más famosas es el ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, documentada ya en el Egipto del Reino Nuevo y presente en la tumba de Tutankamón. Un animal persiguiéndose eternamente a sí mismo: logo bastante eficiente para muchas reuniones de empresa.
Después llegó Aristóteles. Hacia el 350 a. C., su Historia de los animales describía con sorprendente detalle cómo se desarrolla un pollo dentro del huevo, incluyendo cambios visibles después de tres días de incubación.
Aristóteles se lleva la fama, pero no la autoría. Quien la escribió tal cual la conocemos fue Plutarco, en el siglo I después de Cristo, en un texto que ni siquiera trataba de animales. Más bien hablaba de si el universo había tenido principio. El ave y el huevo eran solo el disfraz de una pregunta mucho más incómoda.