Estilo de vida

¿Por qué hay que lavar las toallas si salimos limpios de la ducha?

Nos duchamos, eliminamos el sudor y la suciedad y, solo entonces, utilizamos la toalla. La lógica del meme parece impecable. La microbiología tiene otra opinión.

¿Por qué hay que lavar las toallas si salimos limpios de la ducha?
Nos duchamos, eliminamos el sudor y la suciedad y, solo entonces, utilizamos la toalla. La lógica del meme parece impecable. La microbiología tiene otra opinión.

Hay preguntas que Internet lleva años haciendo sin esperar realmente una respuesta. Una de las mejores es también una de las más simples: si cuando salimos de la ducha estamos limpios, ¿por qué tenemos que lavar las toallas?

A primera vista, el argumento tiene difícil réplica. Una camiseta se ensucia porque la llevamos puesta durante horas. Las sábanas acumulan sudor. Los calcetines tienen una defensa bastante complicada. Pero una toalla entra en acción precisamente después de habernos enjabonado, aclarado y declarado oficialmente presentables.

Debería limitarse a absorber agua limpia.

El problema es que nuestra piel no sale de la ducha esterilizada y la toalla tampoco se limita a recoger agua. En cada secado recibe microorganismos procedentes de la piel, células desprendidas y otros restos orgánicos. Y, sobre todo, recibe algo que muchas bacterias agradecen bastante más que nuestra preocupación por la higiene: humedad.

Así que en Statemia hemos decidido tomarnos el meme en serio y medir qué ocurre cuando usamos una toalla de baño durante una semana sin lavarla.

Siete días con la misma toalla

Existe un experimento especialmente apropiado para responder a esta pregunta.

Investigadores de la Universidad Tecnológica de Łódź estudiaron toallas de rizo de algodón en condiciones reales de uso. Las colocaron en cuartos de baño domésticos y varias personas utilizaron durante siete días toallas convencionales y otras modificadas experimentalmente con compuestos fotocatalíticos.

A nosotros nos interesan las primeras: las normales, las que podrían estar ahora mismo colgadas detrás de la puerta de cualquier baño.

Después de esos siete días, los investigadores realizaron cultivos microbiológicos para estimar la contaminación de las toallas.

El resultado hace bastante difícil seguir defendiendo el meme.

En las toallas convencionales encontraron entre 7 millones y 26 millones de unidades formadoras de colonias (UFC/cm²) bacterianas por cada centímetro cuadrado de tejido.

Esta medida indica cuántos microorganismos viables de la muestra fueron capaces de formar colonias bajo las condiciones del cultivo. Dicho de forma menos técnica: cuántos consiguieron demostrar que seguían vivos, organizados y con ganas de montar una colonia en cuanto les dimos una placa y un poco de tiempo.

Es decir, después de una semana, la toalla que aparentemente solo había secado cuerpos recién duchados albergaba millones de microorganismos cultivables por centímetro cuadrado.

Una toalla no solo recoge agua

El experimento también permitió conocer qué tipo de microorganismos aparecieron.

Entre los grupos detectados en las toallas convencionales se encontraban Enterobacteriaceae, Enterococcus, Pseudomonas, bacterias del grupo coli y E. coli, además de hongos. El recuento de hongos se situó entre aproximadamente 4.500 y 80.000 UFC/cm².

Esto no significa que utilizar una toalla durante siete días provoque automáticamente una infección. Encontrar microorganismos tampoco equivale a encontrar una amenaza sanitaria inmediata.

Lo que sí desmonta es la premisa original.

Una persona puede salir limpia de la ducha y aun así seguir cubierta por una enorme comunidad de microorganismos que forma parte normalmente de nuestra piel. Al secarnos, una parte termina en el tejido.

Otro estudio publicado en iMeta analizó el microbioma de toallas usadas y detectó microorganismos asociados a la piel humana como Cutibacterium acnes, Streptococcus y Staphylococcus. Los investigadores consideran que probablemente llegaron hasta allí precisamente durante el uso diario de la toalla.

Dicho de otra manera: la ducha puede quitarte la suciedad, pero no te convierte en un quirófano.

El auténtico problema es que la dejamos mojada

Sin embargo, transferir microorganismos es solo una parte de la historia.

Una toalla tiene una característica particularmente útil para nosotros y también bastante interesante desde el punto de vista microbiano: absorbe muchísima agua y tarda un tiempo en devolverla al ambiente.

Después de secarnos dejamos por tanto una combinación bastante peculiar: microorganismos + restos procedentes de la piel + tejido húmedo + varias horas de secado.

Y repetimos el proceso al día siguiente.

Una investigación publicada en Scientific Reports siguió durante seis meses toallas utilizadas normalmente en 26 hogares. Los investigadores observaron que los recuentos de microorganismos viables y distintos componentes de los biofilms aumentaban con el tiempo. También comprobaron que factores como la frecuencia de lavado y la forma de secar las toallas estaban relacionados con su microbiota.

Más interesante todavía: encontraron estructuras de biofilm en el interior del tejido, especialmente en zonas profundas situadas bajo los bucles superficiales característicos de las toallas.

La toalla, por tanto, no funciona simplemente como una superficie donde algunas bacterias aterrizan y esperan pacientemente la lavadora. Su propia estructura puede convertirse en un pequeño hábitat microbiano.

¿Cada cuánto hay que lavar la toalla?

Aquí la ciencia tiene una pequeña mala noticia para quienes esperaban una frontera exacta. El crecimiento y la persistencia de los microorganismos dependen de cuánto tarda la toalla en secarse, la humedad del baño, la ventilación, quién la utiliza, el tejido, la temperatura y muchos otros factores.

Lo que sí podemos hacer es cruzar la evidencia experimental con las recomendaciones de higiene disponibles.

El American Cleaning Institute recomienda dejar que las toallas se sequen entre usos y lavarlas después de 3 a 5 usos normales.

Ryan Sinclair, profesor de Microbiología Ambiental de Loma Linda University, sitúa la recomendación en un intervalo muy parecido: cada 3 o 4 usos, aproximadamente una o dos veces por semana para una persona que se ducha a diario.

Para un uso doméstico normal, individual y dejando secar completamente la toalla entre duchas, lavarla aproximadamente cada 3 o 4 usos es una regla razonable y compatible con las recomendaciones existentes.

No porque en el cuarto uso ocurra ningún apocalipsis microscópico, sino porque evita llegar al escenario de acumulación observado cuando las toallas se mantienen durante periodos más largos.

Y existe una regla todavía más sencilla:

Si la toalla sigue húmeda cuando vas a volver a utilizarla, el calendario deja de importar tanto. Cuanto más tiempo permanece húmeda la toalla, menos usos conviene acumular antes de lavarla.

Como regla editorial orientativa, y no como un umbral microbiológico demostrado experimentalmente, podemos resumirlo así: si la toalla se seca en menos de 6 horas, tres o cuatro días pueden ser razonables; si tarda entre 6 y 12 horas, conviene acercarse a los tres días; si sigue húmeda durante 24 horas, mejor no esperar más de uno o dos usos.

Conclusión

Así que la próxima vez que alguien lance la famosa pregunta de Internet —“¿por qué lavamos las toallas si salimos limpios de la ducha?”— ya tenemos una respuesta.

Porque tú sales limpio. La toalla sale mojada, cubierta de parte de lo que acaba de quitarte de encima y condenada a repetir la operación mañana.

El meme era bueno.

La microbiología es mejor.