Hay animales cuya infancia tenemos perfectamente localizada. Los patitos salen detrás de su madre en fila india, los pollitos llevan décadas trabajando de icono oficial de la ternura y un cachorro de perro puede paralizar una conversación con solo aparecer. De las palomas, en cambio, conocemos sobre todo su etapa adulta: caminando por plazas, estaciones y terrazas con esa seguridad tan característica de quien considera que la ciudad le pertenece.
Y quizá no anden demasiado desencaminadas. La paloma bravía (Columba livia) se ha adaptado con una eficacia extraordinaria a nuestras ciudades. Los edificios altos, puentes, cornisas y huecos de fachadas cumplen bastante bien la misma función que los acantilados y paredes rocosas donde la especie encontraba refugio originalmente. Para una paloma, una ciudad moderna podría describirse como un enorme complejo de acantilados artificiales con cafeterías en la planta baja.
Antes del misterio: algunas rarezas bastante buenas de las palomas
Para empezar, las palomas forman parejas monógamas y ambos progenitores participan en la incubación y en el cuidado de los pollos. SEO/BirdLife señala que la paloma bravía puede reproducirse a lo largo de todo el año —aunque la actividad se concentra especialmente en primavera y verano— y que una puesta habitual consta de dos huevos blancos.
Pero la auténtica curiosidad llega después de la eclosión. Las palomas hacen algo que asociamos mucho más con los mamíferos: producen una sustancia nutritiva para alimentar a sus crías. Se conoce como leche de buche o, de manera bastante más memorable, ‘leche de paloma’. No procede de glándulas mamarias, naturalmente, sino del tejido del buche, y tanto el macho como la hembra pueden producirla.
Una revisión científica publicada en Poultry Science describe esta secreción como especialmente rica en proteínas y grasas y fundamental para el crecimiento del pichón durante sus primeros días. Es decir, mientras nosotros discutimos si la paloma de la terraza va a intentar llevarse una aceituna, dos pisos más arriba puede haber una pareja turnándose para alimentar a sus hijos con leche de paloma. La vida urbana tiene capas.
También tienen una relación bastante relajada con la arquitectura. Cornell Lab of Ornithology describe sus nidos como plataformas simples de paja, tallos y ramitas, instaladas en huecos, cornisas, aleros, canalones y otras estructuras. Además pueden reutilizarlos repetidamente. No estamos ante los interioristas del mundo de las aves: si aguanta los huevos y no se cae del edificio, el departamento de calidad parece satisfecho.
Y aun sabiendo todo esto aparece una anomalía curiosísima. Vemos palomas prácticamente a diario. Vemos parejas. Las vemos cortejarse. Las vemos comer. Las vemos beber. Las vemos ocupar estatuas con una constancia que ningún ayuntamiento ha conseguido erradicar.
Pero casi nunca vemos a sus bebés.
Entonces, ¿dónde están todos los pichones?
Si hay tantas palomas y se reproducen con total normalidad, lo lógico sería que las ciudades estuvieran llenas de pequeñas versiones de ellas caminando detrás de sus padres. Una especie de paloma mini, quizá más torpe, más esponjosa y todavía sin experiencia suficiente para detectar un bocadillo a treinta metros.
Pero no ocurre.
Uno puede pasar décadas atravesando plazas españolas y no recordar haber visto jamás un pichón inequívoco. La impresión resulta tan extraña que ha generado durante años la misma broma: ¿las palomas nacen ya adultas?
No. Y la explicación es mucho mejor.
Cuando son claramente bebés, están escondidas
Una paloma recién nacida tiene muy poco que ver con el elegante ejemplar gris que patrulla una plaza. Cornell describe al recién nacido como un animal indefenso, cubierto por un plumón amarillo o blanquecino muy escaso. Los pichones son aves altriciales: nacen poco desarrollados y necesitan permanecer en el nido mientras sus padres los protegen y alimentan.
Ahí encontramos la primera mitad de la solución. La etapa en la que una paloma tiene un aspecto inequívoco de bebé ocurre casi por completo dentro del nido.
Y esos nidos tampoco suelen estar junto al banco de la plaza. Las palomas buscan cavidades, cornisas, huecos protegidos, edificios, puentes o estructuras elevadas que recuerdan a los espacios rocosos utilizados por sus antepasados. Nosotros vemos perfectamente el comedor —la acera—, pero bastante peor la habitación infantil.
En términos urbanísticos, el misterio se resuelve con bastante facilidad: nosotros miramos hacia el suelo y la guardería está varios metros más arriba.
El calendario del pichón explica casi todo
Ahora podemos poner números al escondite. Para la paloma bravía en España, SEO/BirdLife sitúa la incubación de los huevos entre 16 y 19 días.
Una vez nacidos, los pollos reciben cuidados de ambos progenitores y son capaces de volar aproximadamente a los 35-37 días de edad.
Es decir, tenemos una incubación central de 17,5 días y unos 36 días desde el nacimiento hasta el primer vuelo. La cuenta principal queda así:
Dicho de una manera menos ornitológica: una pareja de palomas puede poner un huevo y tardar cerca de dos meses en presentar oficialmente al resultado en sociedad. Y de ese periodo, alrededor de cinco semanas corresponden a un pichón que ya ha nacido pero permanece protegido en el nido. Existe, come, duerme, crece y desarrolla sus plumas. Lo único que no hace es bajar a la plaza a despejar nuestras dudas.
Las palomas no nacen adultas. Debutan adultas.
Salen de casa con el uniforme puesto
El escondite explica por qué no vemos pichones pequeños, pero todavía falta resolver algo. Cuando abandonan el nido, ¿por qué seguimos sin reconocerlos como palomas jóvenes?
Porque para entonces el cambio físico ya es enorme. Audubon explica que, cuando las jóvenes palomas bravías finalmente abandonan el nido, ya presentan un tamaño completo y plumas similares a las de sus padres. Por eso pueden pasar perfectamente desapercibidas entre los adultos.
La secuencia es casi cómica. Cuando tienen plumón amarillo y aspecto indiscutible de criatura recién estrenada, están escondidas. Cuando les empiezan a crecer las plumas, siguen escondidas. Cuando alcanzan un aspecto mucho más reconocible, continúan en el nido. Y cuando por fin aparecen ante nosotros, la fase visualmente más infantil ya ha terminado.
Es un cambio de vestuario realizado completamente fuera de cámara.
Probablemente ya has visto pichones sin darte cuenta
Una paloma juvenil recién salida del nido no es idéntica a un adulto. Puede presentar un plumaje algo más apagado y rasgos juveniles alrededor del pico y los ojos. El problema es que ninguna de esas diferencias tiene la potencia visual de un patito amarillo caminando detrás de su madre.
Así que es perfectamente posible que ese misterioso ‘bebé de paloma’ que nunca has encontrado haya estado muchas veces delante de ti. Solo que medía casi como sus padres y tenía exactamente la apariencia necesaria para que tu cerebro lo archivase en la carpeta de ‘paloma normal’.
¿Por qué con los patitos no ocurre lo mismo?
La comparación ayuda a entenderlo. Patos, ocas y gallinas tienen crías mucho más desarrolladas al nacer. Pueden abandonar pronto el nido y pasar una parte importante de su crecimiento moviéndose por espacios abiertos junto a sus progenitores. Nosotros vemos su infancia.
Sin embargo, los pichones nacen indefensos, reciben durante semanas atención intensiva y permanecen protegidos hasta alcanzar un grado de desarrollo considerable. Su infancia no es más corta, simplemente es mucho menos pública.